La vocación, en su sentido más amplio, es la llamada fundamental de Dios a cada ser humano1,2. Esta llamada no es meramente una invitación a una profesión o un estado de vida particular, sino una invitación a la santidad y a la plenitud de la vida cristiana3. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que el amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano4. Desde la eternidad, Dios ha pensado en cada persona y la ha amado como un individuo único, llamándola por su nombre, como el Buen Pastor llama a sus ovejas5.
El Concilio Vaticano II, especialmente a través de documentos como Lumen Gentium y Gaudium et Spes, enfatizó la llamada universal a la santidad para todos los cristianos, independientemente de su estado o condición de vida3,6,7. Esta llamada se fundamenta en los Sacramentos de Iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), que confieren las gracias necesarias para vivir según el Espíritu y participar en la misión evangelizadora de la Iglesia8,9. Así, todos los fieles son llamados a la perfección de la caridad3,6.
La vocación se entiende como un descubrimiento, no una invención, del plan providencial específico que Dios ha querido para cada persona al crearla con talentos concretos, en un lugar y tiempo determinados10. Este plan divino se revela gradualmente a lo largo de la historia de nuestras vidas y sus acontecimientos5.
