En sentido cristiano, vocación significa llamada de Dios. Esa llamada concierne a cada persona y orienta su existencia hacia una respuesta de fe, amor y entrega. La vocación fundamental del cristiano comienza con el Bautismo; desde ese punto de partida, cada persona descubre cómo vivir su seguimiento de Jesucristo en las circunstancias concretas de su vida. La llamada tiene una dimensión personal, pero no individualista: incorpora a quien la recibe a la comunión de la Iglesia y a su misión.2,4,3
La pastoral vocacional acompaña ese proceso. Su finalidad no es decidir por la persona ni imponerle un proyecto, sino favorecer las condiciones para que pueda escuchar a Dios, examinar sus deseos y capacidades a la luz del Evangelio, y discernir una respuesta. El documento final del Congreso sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada explica que la vocación cristiana se desarrolla en un diálogo entre la iniciativa de Dios y la libertad humana. Por ello, la propuesta vocacional requiere respeto por la responsabilidad y la libertad de quien discierne.5
La pastoral vocacional tampoco equivale a una campaña ocasional de captación. Si la vida cristiana entera nace de una llamada y se orienta a una misión, toda la acción pastoral puede adquirir una dimensión vocacional: la catequesis, la predicación, la pastoral juvenil, la vida familiar y la oración comunitaria. Su cometido específico consiste en ayudar a que esa dimensión se perciba y se desarrolle de forma consciente.1,6

