La tradición católica, especialmente en la síntesis de santo Tomás de Aquino, comprende al ser humano como una criatura intelectual y libre. Su perfección no consiste solo en poseer determinadas capacidades naturales, sino en actualizarlas conforme a su fin.
El ser humano conoce mediante el intelecto y ama mediante la voluntad. El conocimiento y el amor no constituyen actividades aisladas: el intelecto presenta un bien a la voluntad, y la voluntad puede mover al intelecto a considerar, investigar y asentir. Esta relación exige comprender primero la primacía del ser y de la causalidad final.
Primacía del ser
El ser constituye el acto fundamental de toda criatura. Las facultades y operaciones humanas dependen de él: el intelecto conoce porque existe un sujeto capaz de conocer, y la voluntad quiere porque existe un sujeto capaz de apetecer racionalmente.
Dios causa y conserva el esse, es decir, el acto de ser, que fundamenta todas las demás perfecciones y operaciones de la criatura. La causalidad divina no elimina las causas creadas ni las sustituye, sino que les comunica el ser y la capacidad de obrar conforme a su propia naturaleza.1
Por ello, el intelecto y la voluntad no deben entenderse como poderes autónomos frente a Dios. Toda su actividad procede, en último término, de una criatura cuyo ser depende de Dios. La acción divina funda y sostiene la acción humana sin convertirla en una mera apariencia.
Primacía de la causalidad final
La causa final posee prioridad en el orden de la explicación de la acción. El fin no es solo aquello que aparece al término de un proceso: también configura desde el principio la orientación de la naturaleza y de sus potencias. La criatura actúa de acuerdo con el fin al que está ordenada.2
El intelecto y la voluntad reciben su sentido de esta ordenación. El intelecto busca la verdad porque la verdad constituye su bien propio; la voluntad desea el bien porque el bien constituye su objeto formal. La vida humana alcanza su unidad cuando el conocimiento y el amor se ordenan al bien supremo.
En la criatura racional, el fin último no consiste en una posesión exterior, sino en alcanzar a Dios mediante el conocimiento y el amor. La criatura llega a Dios como a su fin por operaciones propias: conociéndolo y amándolo.1
