La necesidad de una nueva traducción latina de la Biblia surgió en la Iglesia Occidental debido a la proliferación de versiones latinas antiguas, conocidas colectivamente como la Vetus Itala o Antigua Latina, que presentaban numerosas variantes textuales y deficiencias1,2. Estas traducciones, aunque útiles en los primeros días del cristianismo, carecían de supervisión oficial y se habían corrompido con el tiempo, llevando a San Jerónimo a afirmar que había «casi tantas lecturas como códices»2.
Por encargo del Papa Dámaso I, San Jerónimo emprendió la tarea de revisar los textos latinos existentes. Alrededor del año 383 d.C., comenzó con la revisión del Nuevo Testamento, corrigiendo los Evangelios con la ayuda de antiguos manuscritos griegos y aplicando un método similar al resto de los libros del Nuevo Testamento1,2. También realizó una revisión apresurada del Salterio a partir de la Septuaginta, que se usó en la Iglesia romana hasta el tiempo de San Pío V y todavía se conserva en ciertos ritos y el breviario moderno1,3.
Sin embargo, San Jerónimo se convenció de la necesidad de una traducción completamente nueva del Antiguo Testamento directamente del hebreo, en lugar de revisar las versiones latinas basadas en la Septuaginta1. Su dominio del latín, su conocimiento de los lugares y costumbres bíblicas adquirido durante su residencia en Palestina, y su notable pericia en hebreo y las tradiciones exegéticas judías lo hicieron excepcionalmente apto para esta labor1. Comenzó esta tarea en el año 390 d.C. y la completó en el 405 d.C., traduciendo los libros protocanónicos del Antiguo Testamento del hebreo y los libros deuterocanónicos de Tobías y Judit del arameo1. A esto se añadió su revisión del Salterio galicano (una revisión más cuidadosa del Salterio basada en el texto hexaplar), el Nuevo Testamento revisado del latín antiguo con la ayuda del griego original, y los restantes libros deuterocanónicos y porciones de Ester y Daniel, tal como existían en la Itala1.
Así se formó la versión de la Biblia que llegó a ser conocida como la Vulgata, un nombre que indica su uso común y que se estableció firmemente en el siglo XIII1.

