En el lenguaje cotidiano, «vulnerabilidad» suele asociarse a debilidad o a riesgo de ser herido. En un sentido más fino, dentro de la reflexión filosófico-teológica se distinguen varios matices:
Fragilidad: la posibilidad de ruptura o daño por la condición limitada del ser humano.
Falta de firmeza (en sentido análogo): debilidad o delicadeza.
Infirmidad: forma más negativa, como debilidad física o mental.
Vulnerabilidad: calidad o estado de estar expuesto a la posibilidad de ser atacado, dañado o herido.
Falibilidad: posibilidad de equivocarse o errar.
Esta distinción ayuda a entender que no toda fragilidad equivale a vulnerabilidad, aunque puedan relacionarse, y que la respuesta cristiana no debe reducir el problema a resignación ni a idealizaciones.1
